La gran falacia del cine español


Written on 20 Marzo 2011 – 23:03 | by Faustina Amor

Pilar Miró

Es triste, pero los blogs que se publican sobe cine insisten una y otra vez en los mismos errores. Parece una máxima del Doctor Goebbels: “una mentira repetida mil veces se convierte en realidad“. No nos gustaba Pilar Miró como personaje público, sí como directora pero no como gestora.

Siempre se lee que Pilar Miró hundió el cine fantástico español, mal llamado “fantaterror”, que en la actualidad está siendo mitificado.

Entre 1970 y 1975 los españoles se dedicaron a la producción masiva de cine fantástico patrio dentro de una tendencia habitual que es el de rodar secuelas. Si una película tiene éxito ruedan cincuenta más parecidas. Si tiene éxito El pequeño ruiseñor con Joselito, aparecen entonces cien niños prodigios, llegando a saturar las pantallas y cansando al espectador. Así, años después, al aparecer Ana Belén con Zampo y yo se pegó el gran castañazo porque la moda ya se había extinguido. Pero el batacazo le sentó bien a la niña, no más crecer tuvo su verdadera oportunidad y al fin triunfó. Si Zampo y yo hubiera tenido éxito sería mucho más difícil ese reciclaje porque el éxito encasilla y cuando un niño deja de serlo desaparece de inmediato de las pantallas.

El fantástico español jamás tuvo la fuerza industrial de los westerns spaguettis, ni los peplums, ni los niños cantantes. Siempre ha sido un cine “de ghetto” que apareció cuando la Hammer entró en declive y la producción internacional del género descendió de forma evidente.

En 1975 se produjeron varios fenómenos que provocaron su hundimiento. En primer lugar su pésima calidad, dichas películas fueron rechazadas incluso por los aficionados al fantástico e incluso por firmas que posteriormente las defendieron de forma inexplicable y sospechosa.

Años después las productoras norteamericanas iniciaron nuevas modas como los Viernes 13 y Noches de Halloween, un cambio de gustos que convirtió en obsoletas unas producciones pobres en medios y pésimamente realizadas. George Lucas y Steven Spielberg arrasaron con sus primeras obras y toda la atención se desplazó de nuevo hacia el nuevo Hollywood.

Otro dato histórico fue el asesinato de Carrero blanco y la muerte de Franco, al abolirse la censura, las productoras masivamente se pasaron al cine erótico que también tenía mala calidad y se basó siempre en producciones aún más casposas y de peor calidad llegando a la saturación y posteriormente a su muerte. Desaparecida la sorpresa, la novedad de ver cuerpos desnudos entonces ocultos por el puritanismo imperante, el público les volvió la espalda.

Jess Franco en aquellos años ya se había tenido que marchar a Francia para poder trabajar con mayor regularidad.

Las películas de Paul Naschy, quien entonces pasó a la dirección, jamás volvió a tener el éxito (aunque escaso) de sus años de gloria y sobrevivió gracias, entre otras cosas, al capital japonés aunque su productora Dálmata Films o Acónito Films acabaron por arruinarse porque el público rechazaba todas sus películas.

Los errores de Pilar Miró fueron dos a mi juicio. En primer lugar eliminó los cines de sesión continua. En las salas de pueblos, de barrio o ciudades pequeñas, era habitual en aquel tiempo proyectar dos películas, la “buena” y la “mala”. Se ofrecía un programa doble a efectos de que el público pasara la tarde entera en el cine.

Las películas de complemento solían ser westerns realizados en Almeria, cintas de bajo coste realizadas para obtener licencias de importación y que permitieron que cineastas como Jesús Franco pudieran sobrevivir. Al desaparecer esos programas, esas películas pequeñas y casposas se vieron desplazadas de las pantallas españolas porque no podían competir ni con las grandes producciones internacionales ni los escasos éxitos del cine español.

El segundo error de Pilar Miró fue la Ley que otorgaba subvenciones muy onerosas (el 50% de los gastos de producción) de forma anticipada. Durante el franquismo las subvenciones eran entregadas al estrenarse la película y siempre que la productora realizara una nueva producción para dar continuidad a la industria. Había unos baremos de calidad según sus criterios (¡a fuire!) y este sistema se mantuvo hasta la muerte del dictador.

Durante la transición se redujeron las partidas destinadas al cine y al llegar los socialistas al poder se intentó una nueva política al respecto. En vez de otorgar subvenciones después del estreno se entregaron con anterioridad tras una evaluación por parte de unos comités de valoración técnica.

Con esta ley, Pilar Miró quiso favorecer a los cineastas “de autor” que habían sido marginados durante el franquismo creyendo que con mejores medios y una buena promoción iban a triunfar. Pero no fue así, esas películas fueron fracasando una tras otra provocando que el cine español se hundiera aún más.

La picaresca propia de la sociedad española, que ha existido durante muchos siglos, provocó que los productores se acomodaran a la nueva situación y en vez de roda películas que interesaran al público se dedicaron a rodar un mal llamado cine de autor que no interesaba a nadie para satisfacer a los comités de valoración técnica que se convirtió a partir de entonces en los únicos destinatarios de estas películas.

El escaso cine fantástico español que se produjo a partir de entonces se debió a que las multinacionales necesitaban producir películas españolas para obtener licencias de exportación y así, de muy mala gana, financiaban producciones nacionales. Una vez conseguidas las licencias para importar cine de Hollywood, que es el que vende y el gran beneficiario de la Ley Miró, marginaban las películas españolas que acababan durmiendo en las estanterías a veces sin estrenarse siquiera llevando a sus productores a la ruina.

Las distribuidoras españolas fueron desapareciendo una tras otra, eclosionando con gran fuerza las sucursales de Hollywood en España. Así el cine español se fue muriendo porque entre todos lo mataron.



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